04 julio 2009

Miércoles


Despunta un día más. Aún tengo sueño y lucho contra mis párpados amedrentados ante la luz que hurga por la ventana. Toda vez que conduzco mis manos hacia el despertador, me doy cuenta del poco tiempo que resta para añorar la noche.
Con la intención firme de sonreír e imaginar, desafío a quien se me presenta frente al espejo con su aspecto desconcertado y desolador ylimpio los retazos de sueño que me quedan en los ojos. Se ha colapsado el momento en una dialéctica estúpida, que sólo marea los todavía sentidos adormilados. Y perdida la noción de espacio y equilibrio, me nivelo la sangre cuando contengo la respiración, después hay una una carcajada forzada y ejercicios matutinos.


La luz desprendo poco a poco de mi piel y la dejo seguir su veloz recorrido, en silencio, a la vista de todos e impalpable. El ruido externo de cada día atestigua la aparición próxima de la tarde con su respectiva nostalgia entre la lluvia. Y yo espero paciente el momento en que una lágrima ha de brotar de mis ojos, que miran un punto lejano sin contamplar más nada que lo no presente, lo jamás admirado, lo ausentemente agridulce, aquello que aún en su invisibilidad se percibe como si fuera parte de uno mismo.


Ése es el tono de esta mitad de semana, cuando la gente cruza los dedos o mira el cielo, según su fe. Y yo todavía no alcanzo a entender mi presente. Hace tiempo que la misma escena se repite, pero al aparecer el velo moteado de estrellas, todo muere menos esa oscuridad que seduce; permanece la emoción de ver reptar la sombra de algún amante bajo los rayos selenitas que brotan tras la ventana.

1 comentarios:

Abraham Monterrosas Vigueras dijo...

Somos seres de la noche, escondiéndonos del día, aprisionando nuestra sombra y aferrándonos a la luna.

Muy buena tu narración.