15 junio 2009

Leyenda


Una vez en la tierra estuvieron juntos, se amaron, cada tarde se contemplaban desde el cabello hasta las uñas. No había en el mundo amor tan grande ni respeto exacerbado como el de ellos. Hasta que una noche, cuando dormían, el suelo que pisaban comenzó a dividirse y cada pedazo de tierra flotó por los mares y se concentró después en grandes masas. Crecieron nuevos árboles, se abrieron otros ríos. Todo cambió. Al despertar, cada uno en su sitio nuevo, se sorprendieron del paisaje, se sintieron desnudos sin el otro. No advirtieron lo que sucedía mientras soñaban con unicornios y hadas. Sólo cuando despertaron. Sólo así.

Se trataba de una nueva vida sin compañía y de vivir como pudieran mientras se volvían a encontrar. Llorando por dentro, secándose de tanto anhelar sus cuerpos. Años, mil años pasaron para que el destino y el dios se apiadaran de ellos y entonces miraran sus vidas sin sentido. Una vez amanecieron con la sonrisa dibujada en sus rostros porque todo era distinto. Aún cada uno en sus sitios, en sus lugares, con sus gentes y sus pasiones independientes, se esperaban y se amaban en la soledad aparente de sus caminos.

Él y ella en el mundo, en la tierra dividida, entre gente que no comprende lo que pasa dentro de sí, están para volver a contemplarse desde el cabello a las uñas y no volverán a dormir tan profundamente para no extraviarse de nuevo. Uno velará el sueño del otro y despiertos viajarán entre unicornios y hadas, haciendo de su paso por la vida una experiencia etérea y magistral.

1 comentarios:

Abraham Monterrosas Vigueras dijo...

Muy lindo.

Me recuerda al Poema XII de Oliverio Girondo.

El tuyo tiene la virtud de contar con una narración fantástica... como sus personajes.