Amanece de pronto. Abro los ojos y me doy cuenta de lo feliz que soy. Mi cama, a pesar de su inmensidad, tiene un calor especial aun en las noches de invierno. Las paredes no me engullen, se han vuelto un suave velo que cubre los pensamientos más sublimes desde que he encontrado tu voz, tus ojos. Cada silencio deja de ser el asesino acosador transformándose en un “te amo” susurrado entre las venas. Aquí, dueña de mi espacio y de mi tiempo, recorro cada tono de tus palabras en la memoria, y el cielo se abre dejando mezclar una ligera llovizna con los rayos del sol. Florezco con el riego de tu cariño, me florece la piel. Desde los pies a la frente cobijo la esperanza de estar dentro de ti, cubierta de tus besos, bañada en tu sudor, ligera y tuya.
La brevedad de los espejos multiplica en trocitos la sonrisa que tejo cada día, y el Dios que se esconde, en algún lugar, se pone a sumar los sueños en que te atrapo. Siempre y en todo estás y persistes, recordándome que el destino es justo y nos ha hecho encontrar. Ahora, cuando miro el mundo, me doy cuenta de que amo todo porque en cada persona, en cada paisaje, en cada objeto que percibo, hay una experiencia que me lleva más a ti.
En ocasiones me urgen las noches para imaginar que duermes a mi lado, yo abrazándote en un beso y reposando mi rodilla en tu pierna, y mientras tú descansando tu mano en mi vientre y yo siento entonces que te amo más por eso: porque te atreves a acariciarme aun cuando cierras los ojos y te hundes en un sueño extraño a mí.
No he visto más la pena que me recorría el cuerpo, se ha ido y con su partida he volado, despegué del suelo que me hacía caer. Particularmente siento que la vida es algo más que estar aquí cuando inhalo tu recuerdo. Estás, en tu ausencia, pegado a mi piel, en cada poro. Estoy aprendiendo tan fácilmente a saborear tu invisible tacto, aquel que emociona mis ideas y me hace sonreír y sentir mujer completa. Bebo de tu mano la bendición más grande que es tu amor.
Pero necesito algo más para ser de ti, por ti y contigo. Preciso algo más para saber que te entrego todo cuando me doy cuenta de que el todo común es una pequeñez, que seguramente hay más para darte. Tómame, que aquí estoy. Ahora es lo que tengo para ti. Se trata de mi ser, de mi pequeña vida hecha enorme desde que te presiento entre mis dedos. Exprime hasta la última gota de cariño que encuentres en mí. Déjame sentir el dulce dolor de una breve despedida y vuelve en un abrazo a entregarme el corazón. Quédate siempre a mi lado, llorándonos el tiempo que pasamos solos y haciendo fuego del momento excepcional cuando nos encontramos. Ya no estamos perdidos.
Abro los ojos, desde hace tiempo, y me doy cuenta de que soy una sonrisa de ti. Me entero de que soy un puñado de ansias aguardando tus caricias y me consumo en la desesperación de sentir los ligeros roces de tus labios en mí haciéndome explotar. Me pareces increíble y por demás excepcional. El resto te lo diré y lo sabrás con el mínimo acto y razón: cuando estornude, cuando te mire apenas, cuando toque tu cuello, cuando sacuda mi falda, cuando te grite que me dejes en paz. Eso será un acto de amor. Estaré diciéndote lo mucho que te quiero. Y podría estar haciéndote el amor sin atreverme a tocarte.
Aquí, ciega para el resto de la gente, me quedo hasta que llegues, extiendas tu mano para tomar la mía y comencemos a andar por cualquier rincón, ajenos a todo. Solos, invencibles, eternos. No queda nada más qué hacer excepto vivirnos y después... después dejarnos morir en un inmortal beso.
La brevedad de los espejos multiplica en trocitos la sonrisa que tejo cada día, y el Dios que se esconde, en algún lugar, se pone a sumar los sueños en que te atrapo. Siempre y en todo estás y persistes, recordándome que el destino es justo y nos ha hecho encontrar. Ahora, cuando miro el mundo, me doy cuenta de que amo todo porque en cada persona, en cada paisaje, en cada objeto que percibo, hay una experiencia que me lleva más a ti.
En ocasiones me urgen las noches para imaginar que duermes a mi lado, yo abrazándote en un beso y reposando mi rodilla en tu pierna, y mientras tú descansando tu mano en mi vientre y yo siento entonces que te amo más por eso: porque te atreves a acariciarme aun cuando cierras los ojos y te hundes en un sueño extraño a mí.
No he visto más la pena que me recorría el cuerpo, se ha ido y con su partida he volado, despegué del suelo que me hacía caer. Particularmente siento que la vida es algo más que estar aquí cuando inhalo tu recuerdo. Estás, en tu ausencia, pegado a mi piel, en cada poro. Estoy aprendiendo tan fácilmente a saborear tu invisible tacto, aquel que emociona mis ideas y me hace sonreír y sentir mujer completa. Bebo de tu mano la bendición más grande que es tu amor.
Pero necesito algo más para ser de ti, por ti y contigo. Preciso algo más para saber que te entrego todo cuando me doy cuenta de que el todo común es una pequeñez, que seguramente hay más para darte. Tómame, que aquí estoy. Ahora es lo que tengo para ti. Se trata de mi ser, de mi pequeña vida hecha enorme desde que te presiento entre mis dedos. Exprime hasta la última gota de cariño que encuentres en mí. Déjame sentir el dulce dolor de una breve despedida y vuelve en un abrazo a entregarme el corazón. Quédate siempre a mi lado, llorándonos el tiempo que pasamos solos y haciendo fuego del momento excepcional cuando nos encontramos. Ya no estamos perdidos.
Abro los ojos, desde hace tiempo, y me doy cuenta de que soy una sonrisa de ti. Me entero de que soy un puñado de ansias aguardando tus caricias y me consumo en la desesperación de sentir los ligeros roces de tus labios en mí haciéndome explotar. Me pareces increíble y por demás excepcional. El resto te lo diré y lo sabrás con el mínimo acto y razón: cuando estornude, cuando te mire apenas, cuando toque tu cuello, cuando sacuda mi falda, cuando te grite que me dejes en paz. Eso será un acto de amor. Estaré diciéndote lo mucho que te quiero. Y podría estar haciéndote el amor sin atreverme a tocarte.
Aquí, ciega para el resto de la gente, me quedo hasta que llegues, extiendas tu mano para tomar la mía y comencemos a andar por cualquier rincón, ajenos a todo. Solos, invencibles, eternos. No queda nada más qué hacer excepto vivirnos y después... después dejarnos morir en un inmortal beso.



0 comentarios:
Publicar un comentario